Tengo que decir, que
cuando te pasas toda tu vida aguantando, que te metan palos de béisbol por
detrás, llega un momento, en el que la desconfianza se hace dueña de ti.
Desarrollas un sexto sentido, que te hace ver que las cosas no son lo que
parecen. Aunque... he de reconocer, que muchas veces acabas amordazando a ese
pepito grillo que habita en tu cabeza, para no ver lo obvio. Y aún sabiendo que
no es lo mejor, prefieres mirar hacia otro lado, aunque ese dolor en la boca del
estomago, te recuerde que te la están metiendo doblada.
Y así pasas tus días,
embadurnando pañuelos con litros de cloroformo y estampándolos en la cara, de
ese maldito insecto que solo quiere guiarte, mientras por otro lado, te
atiforras de productos contra los dolores gástricos.
Sinceramente, algo totalmente estúpido, para alguien que considera que sus neuronas, están lo suficientemente activas, como para no querer ver la realidad.
Y en ese justo
momento, cuando te das cuenta de tu inteligencia, dejas el cloroformo y el
omeprazol y decides sentarte al lado, de ese grillo insoportable y observar. Y
no sabría decir que duele más, si ese
desgarro anal, que llevas sufriendo durante años o darte cuenta, de la hipocresía
de los demás y ver lo sola que estás.
Sin embargo opino, que si tengo que experimentar con los orificios de mi cuerpo, prefiero que sea
de una forma más placentera.
Y después de tomar esa decisión, miro sigilosamente
por esa pequeña ventana, analizo las palabras y gestos de los que se quieren acercar
a mí.
Al principio, es lo único que me atrevo a hacer, sondear, analizar y pensar. Pero... Mientras el humo de mi cigarro acaricia mis labios, me
doy cuenta de que ya estoy cansada y es cuando decido desenmascarar. No resulta difícil, por desgracia la falsedad
se ve a leguas de distancia, la misma distancia que decido poner entre mi
persona y esos malditos vendedores de humo.
Y en principio
debería estar todo resuelto, hasta que aparece "él", en el momento que menos te lo esperas, con su
mente brillante, su sarcasmo a flor de piel, su transparencia a la hora de
decir lo que piensa, su voz de gangster y mil cualidades mas, que me vuelven
totalmente loca y que si las enumerase todas, acabaría con mi concepto sobre lo
eterno.
Y sin darme cuenta, observo mis manos y veo que vuelvo a tener el
cloroformo y las sales contra la acidez, por si las pudiera necesitar. Miro a mi
lado y mi guía ya no está sentado junto a mí,
en su lugar hay una escopeta cargada, por si tengo que volarle los sesos, cuando decida aconsejarme. Y el humo del cigarro... Ya no lo saboreo mientras
observó, si no que recorre mi boca, como
si estuviera acariciando su piel con mis labios.
Y prefiero no pensar que es lo
que sucederá, dejaré fluir este río de emociones y que el destino decida.

Qué intensidad, deberías escribir un libro y autopublicarlo
ResponderEliminar