martes, 23 de abril de 2019

LEY DE VIDA


Llegó el fin de semana, y por fin parecía que el tiempo nos daba algo de tregua. Estábamos en primavera, pero los días anteriores habían sido como de pleno invierno. Por lo cual... ¿Como resistirse a la tentación de disfrutar, de ese día tan espléndido?. 
No es que me hiciera mucha gracia salir a la calle, pero no podía seguir estando encerrada en casa. Y esa magnífica idea la debió de tener todo el mundo, cuando al llegar a mi parque favorito, vi que estaba a rebosar de gente.

"¡Estupendo!", pensé. Yo huyendo de la humanidad, para poder respirar tranquila y los tengo aquí a todos concentrados.

Después de esa primera impresión tan deprimente, decidí olvidarme de todos los que allí estaban y empecé a caminar. Me alejé de los caminos más concurridos y llegué a otro pequeño parque interior, igual de lleno, pero ya me daba igual. La sola estampa de las fuentes y los árboles me relajaba. 

Subí hasta el final de una escalinata, desde donde se podía contemplar todo. A parte del murmullo constante de las personas que por allí paseaban, se escuchaba el vocear de los pavos reales, con su grito falso de copula. Un espectáculo del cortejo y el duelo entre ellos, para ver quien se llevaba a la ansiada dama, aunque viendo el interés de ellas, creo que esos dos magníficos machos, se quedaron ese día a dos velas.

Justo abajo de la balconada, en la que me encontraba, había un pequeño estanque. Decorado en el centro por unas preciosas calas blancas, los pequeños patitos, recorrían el estanque de punta a punta. Una visión realmente conmovedora, para todos aquellos aficionados a lo entrañable.
Pero... Aunque esos pequeñines, eran el centro de atención de todo aquel que pasaba por delante, yo como siempre, en mi búsqueda por lo diferente, vi una imagen mucho menos agradable.

Baje las escalinatas con mi móvil preparado, con el entusiasmo de un artista cuando encuentra la inspiración, sin ponerme a pensar en esa dramática visión.


Me acerque todo lo que pude al estanque, justo en el borde me arrodille y enfoque la cámara de mi teléfono a un patito en concreto. Este no nadaba de forma intrépida por el estanque. No sacudía sus plumas para escurrirse el agua. No te entraban ganas de acurrucarlo, ni de decir... "Pero que monada".
Solo flotaba... Inerte... Un pequeño cuerpecito, balanceado por las pequeñas ondas del agua, que producían sus hermanitos cuando nadaban cerca de él.

Hice varias fotos, buscando la mejor perspectiva, mientras el resto de personas, solo miraban la rebosante vida, de los otros pequeñines. Por un momento pensé. "Debo parecer un monstruo a ojos de los demás,  plasmando lo que nadie quiere ver".

Intente deducir, que es lo que le podría haber pasado. ¿Qué pensarían sus hermanos, al pasar por su lado y ver que él ya no podía jugar con ellos?.
Miré a su madre, protegiendo entre sus patas a sus pequeños, sin poder moverse, ni siquiera para poder despedirse de su pequeño.

Pero... ¿Por qué a él, se le había negado seguir, bajo el refugio de su madre?. ¿Qué tipo de prueba, le puso el destino, que no pudo superar?.
Dicen que solo los más fuertes sobreviven y por lo que se ve, ese no fue su caso.

Y es curioso, porque cuando miré la mejor foto que había hecho, me dí cuenta, de que a pesar de que mi pasión por lo atípico, me había hecho obviar lo triste. Mi alma sin embargo, se quedó en aquella barandilla, velando a aquel pobre patito.


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