Dos de la tarde y
toca descanso, lo justo para un café y un cigarro. Salí al patio interior, sin
imaginar que la vida me iba a mostrar su lado más cruel. Suerte que siempre voy
con la cabeza alta y la mirada clavada en el suelo. De no ser así, esa crueldad
hubiese acabado en la suela de mi zapato.
No era la primera
vez que me topaba con tal macabra visión, días antes ya pude observar rastros
sanguinolentos provocados por lo que llamamos progreso innovador.
Sin embargo esta vez
algo llamó mi atención, quizá fuesen sus colores exóticos o el hecho de que el
suceso acababa de ocurrir y aún estaba en estado agonizante.
Me incline a
observarlo, he de reconocer que no sentí pena, supongo que mi estado de ánimo
está tan alterado, que ya pocas cosas consiguen hacer que me estremezca. Sin embargo... Mi
capacidad de reflexión sigue intacta.
Me imagine el
despertar de ese ave aquella mañana, un día como otro cualquiera. Dudo mucho
que pasase por su mente su fatal destino. Quizá solo disfrutaba de un plácido
vuelo mañanero o a lo mejor se dirigía a por comida para sus polluelos, lo cual, significaría que su muerte también arrastraría a su prole.
El caso es... Que
allí estábamos los dos, él respirando su última dosis de oxígeno y yo captando
el momento.
No tengo muy claro que es lo que acabó con él, si el brusco golpe
contra el cristal del edificio o la caída. Pero al no ver restos de sangre en el
suelo, pude imaginar que seguramente el estampazo, le había reventado por
dentro y utilizó las pocas fuerzas que le quedaban, para que su caída fuese
menos brusca.
Alcé la mirada hacia
el edificio acristalado, era puro espejismo, el cielo y las nubes se reflejaban
claras como espejos, no es de extrañar que llevase al engaño.
Volví a centrarme en
mi pequeño compañero de descanso, ya no se movía, su pico se quedo inmóvil y poco a poco vi
como sus ojos negros se tornaron grises.
Fui la última imagen que vió y yo
presencié como su luz se apagó.
